La extrema derecha de Le Pen rinde homenaje a Brigitte Bardot
12/12/2025 - Actualizado: 29/12/2025

La extrema derecha francesa volvió a situarse en el centro del debate público tras rendir homenaje a Brigitte Bardot, a quien definió como “una ferviente patriota”. El gesto, impulsado por dirigentes y figuras cercanas al entorno de Marine Le Pen, reavivó una polémica recurrente en Francia: la instrumentalización simbólica de iconos culturales por parte de proyectos políticos contemporáneos.
Brigitte Bardot es una de las personalidades más influyentes del imaginario cultural francés del siglo XX. Actriz, cantante y símbolo internacional del cine europeo, su figura trascendió lo artístico para convertirse en un emblema de una cierta idea de Francia: sensual, libre y profundamente reconocible en el exterior. Sin embargo, desde hace décadas, Bardot también ha sido una figura controvertida por sus posicionamientos políticos y declaraciones públicas, que la han situado en la órbita ideológica de la derecha radical.
El homenaje impulsado desde el entorno lepenista se presentó como un reconocimiento a su “amor por Francia” y a su defensa de una identidad nacional que, según estos sectores, se encontraría amenazada. El calificativo de “patriota” no fue casual: conecta directamente con el discurso central de la extrema derecha, que insiste en la necesidad de proteger la soberanía, la cultura y las tradiciones francesas frente a lo que considera procesos de dilución cultural.
Para los partidarios de este reconocimiento, Bardot encarna una forma de compromiso que va más allá de su pasado como estrella del espectáculo. Su activismo en defensa de los animales y su rechazo frontal a determinadas políticas migratorias han sido utilizados como argumentos para justificar su elevación simbólica dentro del relato nacionalista. En este contexto, la figura de la actriz funciona como puente entre cultura popular y discurso político.
Sin embargo, la reacción no se hizo esperar. Sectores del ámbito cultural, político y mediático criticaron duramente el homenaje, señalando que Bardot no puede ser presentada como un símbolo consensuado de la nación francesa. Para muchos, su historial de declaraciones condenadas judicialmente por incitación al odio convierte cualquier intento de ensalzamiento político en un gesto profundamente divisivo. El debate volvió a poner sobre la mesa la tensión entre legado cultural y posicionamiento ideológico.
Este episodio también evidencia una estrategia habitual de la extrema derecha: apropiarse de figuras icónicas para reforzar su narrativa. Al vincular su proyecto político a nombres conocidos y emocionalmente cargados, busca legitimar su discurso y ampliar su base simbólica. No se trata solo de política institucional, sino de una batalla cultural por el significado de los referentes colectivos.
La propia Marine Le Pen ha insistido en los últimos años en suavizar la imagen de su formación, intentando distanciarla de los aspectos más radicales del pasado del partido. En ese proceso, la reivindicación de figuras culturales sirve para proyectar una apariencia de continuidad histórica y arraigo social. Bardot, con su notoriedad internacional y su perfil provocador, encaja en ese esquema, aunque a costa de reabrir heridas y controversias.
El homenaje también plantea preguntas más amplias sobre la relación entre celebridad y política. ¿Hasta qué punto una figura del espectáculo puede ser convertida en símbolo político sin distorsionar su legado? ¿Quién decide qué valores representa una personalidad pública cuando su trayectoria es compleja y contradictoria? En el caso de Bardot, la respuesta está lejos de ser unívoca.
En una Francia marcada por la polarización y por debates constantes sobre identidad, inmigración y memoria, este tipo de gestos adquiere una dimensión que va más allá del homenaje en sí. La figura de Brigitte Bardot se convierte así en un campo de batalla simbólico, donde se cruzan nostalgia, cultura popular y proyectos políticos enfrentados. El calificativo de “ferviente patriota”, lejos de cerrar el debate, lo intensifica, recordando que la lucha por los símbolos sigue siendo una pieza clave del panorama político francés contemporáneo.
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